Los domingos recuperados

Todos los domingos tienen su aquel. Sin duda, una parte de los domingos que yo amé tenía que ver con un sábado en las montañas, una mañana al sol en el sofá, compartido, y acurrucados. 

Nunca ahora es como antes. 

Esta mañana al salir nos hemos cruzado en el ascensor con una vecina rusa, cuidadora de quien fue, y aún hoy es, uno de los vecinos más dicharachero del 29. 

Es una rusa como de matrioska, que iba hoy guapa de domingo, con su bolso antiguo, donde llevaba alguna comida que Max olió. Yo podría alguna vez morir de amor, si alguien al oído me dijera, con su acento: erres lo mejorr de mi vida. Ella solo nos preguntó si Max erra chico o chica. Bonito. Mucho bonito. Y le creímos y le quisimos en el mismo instante. 
Luego nos encontramos con otro vecino que nos estuvo contando de los malvados que envenenaban perros. La mañana ya se había despejado por entonces. Y mientras paseábamos, Max olía y yo pensaba. Posiblemente en algún momento intercambiamos los papeles, pues el aroma de la mañana adornada de perfume de mujer embriagadora hizo que me concienzase de que aún soy capaz de oler, aunque deje de pensar al mismo tiempo. Seguro que hay alguna neurociencia esto lo explica.

En la revisión rutinaria del Facebook, algún halago motivó mis ganas de escribir. De momento mis creencias limitantes hacen que escriba bien pequeños fragmentos, post y repost y reflexiones sin pensar demasiado. Me cuesta un esfuerzo redactar, incluso dictar como estoy haciendo, escritos medianamente interesantes. Pues pierden, según mi criterio la frescura y adquieren pesadez y erratas. 

Por eso he parado el ritmo con el que empecé este mundoobservado.

De sustos y miedos

El domingo estuvimos en nuestro lugar favorito de paseo. Además en unas circunstancias especiales, pues amenazaba lluvia, nieve y sol al mismo tiempo. Al acercarnos pudimos comprobar que además de todo eso, un magnífico arco iris enmarcaba la Pedriza desde el embalse de Santillana. Improvisamos una nueva vía de acceso, similar a la primera que hice antes de que Max se instalara en mi vida. De esta manera completamos nuestra percepción del espacio comprendido desde Soto del Real hasta Miraflores por un lado, y hasta Manzanares el Real por el otro, con la cuerda larga de fondo infranqueable. Y el GR 10 como referencia.

Max enseguida comenzó a buscar en el camino, a correr, ir y venir, saltar, cruzar arroyos, camuflarse entre los matorrales… yo iba rumiando mis actuales circunstancias, despejándome del presente no tan presente, y sin engancharme al verdadero presente que era observar la impresionante estructura de roca y vegetación con las nubes, los copos de nieve, los remolinos producidos por los encuentros de aire con las partículas en suspensión. 

Poco a poco llegamos al arroyo Mediano, y subimos hacia el hueco de San Blas. La nieve ya cuajaba en el borde del camino, mis emociones se mezclaban con la belleza del paisaje y la ternura de ver al perro disfrutando, sentado ante mi llamada, mientras un copito de nieve se le depositaba y deshacía en su pupila. 

Llegamos a lo más alto y desde ahí emprendimos el regreso circular atravesando una finca de robles. No sé describir ni tengo palabras para contar lo que fuimos experimentando. Hubo miedo por si perdía la orientación. Hubo casi éxtasis de la belleza producida por antiguos árboles tallados por el viento. Alguna soledad, a pesar de llevar la compañía del inquieto chucho que rastreaba los distintos caminos olorosos de conejos o de otros animalillos. 

Finalmente, y advertido porque el día anterior caí al cruzar una de ellas, saltamos varias vallas y llegamos al camino principal. La jornada estaba casi concluida. Solo restaba volver al coche y el regreso hacia casa, calentitos y satisfechos. 

Pero la jornada guardaba alguna que otra sorpresa, y  momentos muy intensos. Atravesamos y bordeamos una finca de caballos de raza española. Con infinitas cámaras de seguridad y barrera electrificada. Yo fui a investigar qué tipo de finca era esa, y Max salió disparado hacia un bosque de fresnos delimitado por piedras tras algún animal. Ese fue el último momento en el que lo vi.

Seguí la rutina de estos casos, hacer internamente como que no me importa, confiar en que se cansaría y volvería sobre mi rastro, hacer alguna que otra cosa para distraer el paso del tiempo sin que sepa nada del perro. El camino, según el mapa, bordeaba un pantano y me acerqué hastala valla para ver si podíamos ir por ahí. Me encontré con una agradable sorpresa, una ternerita recién nacida. Primero vi a la mamá, una vaca enorme guapísima. Que no se movía y que me miraba con recelo. La recién nacida todavía estaba inmóvil en el suelo. No pude pararme mucho tiempo pues pensé qué haría Max al encontrar aquel bicho indefenso. 

Volví al punto de partida, de separación, los perros de la finca salieron a defenderla. Por momentos yo me ponía más nervioso. Me parecieron oír de nuevo los ladridos de Max cuando persigue una presa. Al cabo de un tiempo los ladridos continuaban y mi cabeza empezó a proyectar los múltiples futuros posibles a partir de este momento en el que todas las posibilidades estaban presentes. Quizás Max había caído en una trampa y estaba llamándome. Sin pensarlo más me adentré en la finca, trepé por una valla al lugar lleno de vegetación, y entre robles y fresnos me hice paso. De vez en cuando los ladridos dejaban de oírse y yo me quedaba a escuchar. Los miedos venían y se iban. Ya me imaginaba a los perros de la finca saltando para asustarme. No hacía falta, ya lo estaba. Sobre todo porque había leído ese cartel que indicaba: peligro perros sueltos. ¿Y si le habían hecho algo a Max?

La nieve se había convertido en lluvia y el suelo estaba encharcado. Podía en cualquier momento quedar yo atrapado, había que cruzar otras vallas. Me centré: sin mí no hay Max. En un momento me di cuenta de que estaba atravesando una de las fincas que veíamos cuando veníamos por otro camino, donde estaba nuestro burro amigo Pepe. De ahí venían los ladridos. Eran del perro que acompañaba a Pepe. Lo estuve viendo. Pensé que quizás Max habría venido a saludar a Pepe. Me tomé unos 15 minutos cruzando el río y volviendo a uno y otro lado del Mediano; recordé el consejo de Tere. “Él siempre vuelve al mismo sitio donde te perdió”. Así que, ahí estaba yo de nuevo, volviendo a saltar cercas y volviendo a internarme en el bosque de fresnos y robles y vegetación varia. Ya pude observar bien por dónde había pasado. Mi cabeza imaginaba, al mismo tiempo, que en cualquier momento aparecería como si no hubiese pasado nada, y que 10 años después recordaría la última vez que lo vi, cuando me interné en un bosque de robles, fresnos y vegetación varia, donde había perdido a Max. 

El día había sido exigente para mi mejorable forma física: me sentía cansado, habíamos ascendido hasta 1500 m., recorrimos muchos tramos sobre la nieve, y ahora subía y bajaba cercados. ¿Qué podría pasar en el futuro inmediato? Tendría que ir a Soto a avisar a la guardia civil, esperar aquí hasta que se hiciera de noche, volver por si en la finca tenía algún llamador, avisar a alguien, … Llamé a mi madre para que pusiera en marcha el protocolo de emergencias: empezar a rezar el responso de San Antonio, infalible desde que nos lo enseñó la abuela.

Esta breve conversación me tranquilizo. Sopesé unas cuantas opciones, y me dije a mí mismo que lo mejor era que yo fuera hasta el coche, con el que podría organizar y empezar la batida hasta que lo encontrase, … o no. Recorrí unos 500 m. hacia  atrás para que él pudiera reconocer por dónde me había ido. Y tomé el camino principal; reconocí nuestro primer paseo juntos al bordear el pantano del que ahora desbordaba muchísima agua. A lo lejos vi un 4×4 que bajaba y corrí hacia él para preguntarle por mi perro. Demasiado tarde, no pude alcanzarlo y el conductor no me vió. 

Cuántas imágenes, mientras caminaba, se fueron mezclando con las reales llenas de energía y belleza: Max esperando al lado del coche, Max corriendo tras de mí siguiéndome la pista, cómo contaría esto de Max y a quién, Max secuestrado por alguien a quien él querría más que a mí… pero no hubo ni rastro de Max. El coche estaba aislado en el campo, donde lo había dejado. Me quité las botas y los calcetines, empapados. Eché la mochila atrás y no pude cerrar, por los nervios imagino, el bastón del monte. Puse el teléfono a cargar, busqué la llave y arranqué el coche en dirección, de nuevo, al lugar de la pérdida.

Por el camino fui fijándome, sin perder ninguna esperanza, en cualquier punto blanco y negro que se moviera en el horizonte. Otra furgoneta venía hacia mí. Le hice señales para que parase, un hombre extraño que se negaba a bajar la ventanilla me escuchó desde el interior del coche. No sabía nada, no había visto ningún perro, nada más. Volví a iniciar la marcha, el camino estaba lleno de baches y yo iba demasiado deprisa. Tenía que llegar cuanto antes para que él, si volvía, no se fuera a  marchar. 

Me salté la desviación a la finca. Delante unos charcos inmensos. Retrocedí. Casi me voy por un terraplén. Respiré. ¿Qué estás haciendo?, me pregunté. Tenía muchos miedos, miedos a que alguna de las visiones posibles y futuras se hicieran realidad, miedos a las hipótesis de cómo sería mi vida sin Max, a que los inconvenientes de tener perro se resolvieran de esta forma abrupta manejada perversamente por una parte oscura de mí, … Y sobre todo a recrearme tanto en los supuestos y en el apego que me impiden ver lo que es y actuar como corresponde en cada caso. 

Y así estaba, dejando aparcado el coche en una cuesta,  cuando frente a mí vi que llegaba por el camino recorrido, con la lengua afuera, un precioso perro de manchas blancas y negras, fuego en la cara y en las patas,  y unos ojos color miel preciosos. Estaba tan asustado como yo. Salí del coche y no se movió. Bajó mucho las negras orejas y se dejó abrazar. Yo recuperé el espíritu y le regañé un poco: ¿dónde te has metido? ¡Esto no se hace! ¡Llevo buscándote más de dos horas! Él no decía nada, me miraba de arriba a abajo, y escondía la cabeza. Abrí la puerta trasera y le hice subir al coche. 

Ya estaba a punto de irme, enfadado e idiota, cuando recuperé la cordura: volví a salir de la furgoneta y Max conmigo.Le puse la correa y nos fuimos a dar un paseo para ver si encontrábamos  a la vaca recién parida y a su ternera. Ya no estaban.  Quizás lo había soñado.  Fuimos avanzando entre los endrinos y sí allí las descubrimos, a lo lejos, cerca del embalse, la ternerita ya iba trotando detrás de la mamá. Se las enseñé a Max y juntos, y felices, volvimos hacia el coche.

Epílogo

Max esa tarde se comió algo que no he podido determinar. En casa estuvo sin moverse desde que llegamos, y al final de la misma, vomitó trozos de carne. No encontré hueso, podría ser de un bicho  grande, que no estuviera ni siquiera vivo. En la segunda vomitada aparecieron algo como pelos. Quizás fuera un conejo gigante. Quizás le diera tiempo a separar los huesos de la carne. Sin embargo, lo que fuera no le sentó bien. O quizás el estrés de perderme fue peor que la comilona.